Este PISA no sirve para la realidad actual
Afinales del curso pasado, una joven estudiante de bachillerato, chica brillante en sus calificaciones, me dijo que no pensaba seguir sus estudios, que no iría a la Universidad. Su respuesta fue tajante: “No creo que ninguna carrera vaya a prepararme para el mundo que viene”. Sin tener claro aún hasta qué punto estoy de acuerdo con esa afirmación, la comprendo profundamente. Y me pregunto cuántas alumnas y alumnos estarán enfrentando ahora la misma duda. Además de compartir, podría ser, mis incertidumbres sobre a qué llamamos “el mundo que viene” y cuáles son sus características básicas.
Escribimos artículos sobre la Inteligencia Artificial como si supiéramos algo. No algo de lo que sucede actualmente —que tampoco—, sino hacia dónde nos lleva, cómo se encamina hacia allí, a qué llamaremos “trabajador/a” dentro de cinco años, dentro de diez, a qué llamaremos “humano/a”. Lo cierto es que una parte de quienes escriben lo único que saben de la IA es cómo pedirle que les arme ese texto que luego publicarán sobre la propia IA.
Me interesa mucho ahora el cruce de caminos entre esa IA y el “desplome” en la valoración del alumnado en el Informe PISA. Ese cruce no sólo afecta a cuánto y cómo la usan “para hacer los deberes” —podríamos cuestionarnos de paso la idea de “deberes”—, sino a su inmersión, su vida, en todo lo que llamamos “pantallas”, que va desde el deslizar el dedo por el TikTok más mecánico hasta su consumo de pornografía online. Absolutamente todo está atravesado por los algoritmos y la utilización de los datos de cada alumna y alumno. Esa es su realidad.
Por eso necesitamos cuestionarnos la formación de la infancia, la adolescencia y la juventud en sentido amplio, absolutamente todo lo que engloba aquello que llamamos Educación, con mayúscula, desde sus primeros años de Primaria hasta el último doctorado, lo que la RAE define como “Instrucción por medio de la acción docente”, por ceñirnos a algo conservador.
Esa “instrucción” —ahí se omite— tiene, o debería, una finalidad. En decir, ¿para qué sirve la Educación de las personas en una sociedad? En principio, para dotarlas de herramientas que les permitan “ganarse la vida”. [Voy sembrando de comillas este texto porque necesitamos repensarlo todo, porque me pregunto a medida que lo escribo a qué se refieren hoy los términos que hasta ahora teníamos claros, y ya no. Para empezar, qué es “educar” y qué es “ganarse la vida”. Voy más allá: qué es “la realidad”].
Pero no sólo se trata de las herramientas económicas, sino de construirles y cederles un marco ético y social en el que usarlas. Nada de esto es nuevo. Hace una o dos décadas ya instruíamos a nuestras criaturas, su mirada sobre la realidad, su construcción del mundo y de sí, de la misma manera que nosotras mismas habíamos recibido dicha instrucción. Lo diferente es a qué llamamos “la realidad”.
La realidad en la que se desenvuelve el alumnado actual no tiene nada que ver con la realidad en la que recibí yo, nacida en 1968, mi formación. Tampoco una persona nacida en los 70, los 80 o incluso los 90 del siglo pasado. Lo cierto es que esa nueva realidad es la que comparten con sus mayores (madres, padres, profesorado…). La diferencia es que al alumnado se le evalúa mientras que a quienes participamos en su formación, no. Me interesaría mucho ver los resultados que arroja un análisis sobre la capacidad lectora de la población adulta. Quizás nos llevaríamos la sorpresa de que nuestra juventud está muy por delante.
Lo que sabemos, por ahora, es que la realidad ha cambiado y, por lo tanto, necesitamos cambiar nuestras maneras de medir las capacidades, no sólo del alumnado, sino de la población, para amoldarse a ella. Este sería un buen paso, que no sirve de nada en este momento porque no hemos modificado un ápice la Educación. Mi hija y mi hijo, nacidos respectivamente en 2008 y 2002, han recibido exactamente la misma educación que recibí yo, nacida cuatro décadas antes que ellos, en un mundo que poco tenía que ver con éste, y sobre todo, en una realidad del todo diferente.
Por fin hemos comprendido que lo que llamábamos “realidad virtual” es sencillamente, “la realidad”. Es decir, que no nos movemos en dos realidades, la “real” y la “virtual”, sino que nuestra existencia y nuestras identidades tienen ahora diferentes espacios, y el de internet es cada vez mayor. En el caso del alumnado, probablemente muy superior al que se desarrolla fuera de la red. Eso no es ni bueno ni malo. Eso es. Así que más nos valdría pensar en una modificación radical de la Educación que damos a nuestras criaturas, so riesgo grave y evidente de que no les sirva para nada.
