dissabte, 2 de maig del 2026

Silvia Cosio

 

                                               Nosotras, las pro vida






He pasado gran parte de mi vida con pánico a quedarme embarazada. Desde la primera vez que me vino la regla y me soltaron, cual bomba de neutrones, eso de "a partir de ahora tienes que tener mucho cuidado porque te puedes quedar embarazada". Apenas entendía lo que le estaba pasando a mi cuerpo, a mi mente, el dolor físico, la vergüenza, las hormonas... todo ello a la vez explotando, mudando, enloqueciendo, sin pedir permiso, sin estar yo lista y sin quererlo, y encima resulta que ME PUEDO QUEDAR EMBARAZADA. Que es verdad que la admonición te la hacían, casi siempre, con la mejor de las intenciones y desde el cariño, pero no se me escapaba que el punto central de aquella frase aterradora se encontraba en el sujeto: "tú", poniendo toda la carga de responsabilidad, y por tanto de culpa, en mí. Por lo que, si me quedaba embarazada cuando no debía, quería o podía, toda la culpa sería mía. Por irresponsable, por puta, por tonta. La razón era lo de menos porque las consecuencias inevitables de mi error, de mi estupidez, de mi poco cuidado tendrían que pasar por la penitencia, la pena, la tristeza, la vergüenza, el trauma.

Y así no importaba nada que para quedarme embarazada necesitara de la participación obligada de un varón, ni tampoco que tomara medidas y fuera precavida, porque cualquier error -aunque fuera ajeno, accidental o un fallo de los anticonceptivos- tendría que atribuirse exclusivamente a mi falta de cuidado, a mi lujuria, a mi deseo. Y como casi todas las cosas que nos pasan a las mujeres, como la menstruación o la menopausia, son consideradas sucias, poco apropiadas, indecentes e inadecuadas para la conversación pública, todo este miedo lo fui pasando en silencio o lo dije como una broma entre amigas, como algo que no podemos tomarnos muy en serio, o en una conversación susurrada con mi pareja.

Sin embargo, he sido afortunada pues vivo en un país en el que siempre he podido interrumpir legalmente mi embarazo sin miedo a acabar muerta o en la cárcel. He vivido tres reformas de la ley del aborto que han ido ampliando y consolidando mi derecho a tomar la decisión que considere mejor sobre mi cuerpo y mi vida, y una contrarreforma conservadora que, aunque supuso un retroceso que infantilizaba de nuevo a las mujeres y que ponía todo tipo de trabas y trampas en nuestro camino -y dejaba a las menores de edad desprotegidas-, se quedó en las migajas de lo que realmente tenían en mente los legisladores del PP. Una contrarreforma que le acabó costando la cabeza y la carrera política al ministro Gallardón, que se encontró enfrente a una marea imparable de mujeres enfadadas que dejamos claro que no íbamos a permitir que nos pisoteara. Y aun así siempre me he preguntado, en caso de que hubiera tenido que abortar, si me hubiera atrevido a contarlo. ¿Hubiera escrito sobre ello con la misma naturalidad con que lo hago sobre mi proceso de adopción? ¿Lo contaría como una anédocta más de mi vida, como aquel día en el que le di la mano a Vattimo y me pareció un hombre muy apuesto o  con la ligereza con la que explico aquella vez que me quedé atrapada en una montaña rusa en Disneyland París durante casi una hora? ¿Se lo hubiera confesado a mi madre, a todas mis amigas? ¿O hubiera guardado silencio, temerosa de ser juzgada, de ser considerada una inconsciente, una egoísta, una antimujer

Porque podemos ser libres para abortar pero aún tenemos miedo de contarlo. Nos aterra el estigma, el señalamiento público, la caza de brujas.

Es por eso que la lectura del libro de Ana Requena Aguilar, Pro Vida. Un manifiesto a favor del aborto, me sentó mejor que un mes entero de terapia o que un chute de antidepresivos. Porque el libro me recordó que no estamos solas, que nuestras vivencias y problemas son compartidos y sufridos por miles de mujeres y que ya basta de penas y pesares y de sentimientos de culpa. Porque pone de moda de nuevo la sororidad, la empatía y la hermandad entre mujeres. Y porque coloca sobre la mesa la necesidad de hablar del aborto como un acontecimiento más en nuestra vida, como una realidad cotidiana que a veces es vivida como una liberación y otras como una necesidad. Y lo hace desde la honestidad y sin el tono tenebroso -casi monjil- y el secretismo con el que se suele abordar este tema, y sin ocultar tampoco la compleja amalgama de sentimientos que inunda a una mujer que ha tomado la decisión, libre e informada -pues es un ser racional, adulto y funcional-, de poner fin a su embarazo de forma voluntaria. Y como Requena ha decidido hablar del aborto con naturalidad y sin dramatismos, con ello nos ha liberado de la vergüenza y del estigma, y nos ha recordado que la búsqueda de la felicidad y del goce es un propósito legítimo, revolucionario y liberador para las mujeres.

Porque el derecho al aborto es mucho más de lo que a primera vista nos pueda parecer, ya que es un asunto que transciende su propia esencia al abrir una vía de agua que pone en cuestión todo el entramado patriarcal. No es solo la norma con la que las sociedades democráticas que aspiran a la igualdad garantizan la autonomía de la mujer, es el reconocimiento formal de que somos dueñas de nuestro cuerpo, pero también de nuestras mentes, de nuestra sexualidad y de nuestras decisiones. Con él se exorciza todo control externo en la vida y en las mentes de las mujeres, haciendo que se tambalee el pilar maestro de la política reaccionaria -y por tanto misógina- que necesita atarnos en corto, mental y físicamente. Porque la herramienta perfecta con la que se ha sometido a la mujer -su sexualidad, su libertad de movimientos, de pensamientos, su propia autonomía personal- tradicionalmente ha sido la culpa. Culpa por disfrutar de nuestra sexualidad, por no querer ser madres, por negarnos -o no saber- encajar en el estrecho y asfixiante molde de la feminidad normativa.

Y en esto último se encuentra la clave de la guerra constante contra el aborto en la ofensiva reaccionaria, porque prohibirlo legalmente es la punta de lanza con la que abatir todas las conquistas del feminismo y, por ende, con la que doblegar de nuevo a las mujeres. Porque si cae el derecho al aborto, como en un dominó, inevitablemente le seguirán todos los derechos que nos hemos ganado con sangre, sudor y lágrimas desde la Ilustración. Y no solo los de las mujeres, también los de la clase trabajadora, los de las personas migrantes y los del colectivo LGTBIQ+. Un asalto reaccionario que es internacional, coordinado y que sigue milimétricamente el guion y los intereses de las nuevas élites tecnofeudales que pretenden abolir las democracias liberales. Sin embargo, y por desgracia, desde los posicionamientos progresistas -y no solo desde las izquierdas- y democráticos la mayoría de los intentos para combatir la agenda reaccionaria se están haciendo de forma local, nacional, aislada.  De ahí la relevancia y el valor de la nueva obra de Ana Requena, un libro que fulmina la imagen de la mujer mártir, sufriente, eternamente apenada y arrepentida que los antiabortistas se empeñan en perpetuar y que, sobre todo, nos recuerda la importancia de tejer redes y emprender luchas compartidas y comunes. Un libro que prueba que las mujeres sin miedo son mujeres felices. Y las mujeres felices son, ante todo, mujeres libres.

Al mismo tiempo, por tanto, que recuperamos la necesidad de las luchas compartidas, tenemos la obligación de tratar cualquier traba que ponga en peligro o que obstaculice -por la vía burocrática, institucional o administrativa, o mediante la coacción, la manipulación emocional, el estigma social, el señalamiento público o el hostigamiento- el derecho legítimo de las mujeres a la interrupción voluntaria del embarazo, como lo que realmente es: como una manifestación de la misoginia y, ante todo, como una de las muchas caras de la violencia hacia las mujeres.

Tenemos, como nos recuerda Requena, la obligación política de arrebatarles el término "pro vida" a aquellos que se han apoderado cínicamente de él y que lo utilizan como excusa para dominar y ejercer violencia sobre los cuerpos y las vidas de las mujeres. Los mismos que nos quieren obligar a ser madres mientras recortan ayudas sociales, los que han convertido nuestras ciudades en una selva de pisos turísticos y alquileres desorbitados que impiden cualquier proyecto de vida. Los defensores de la guerra y el genocidio. Los pro muerte.

Silvia Cosio

                                                  Nosotras, las pro vida He pasado gran parte de mi vida con pánico a quedarme embarazada. D...